En medio del pantano
El martes amanecí antes que el propio día, tras haber dormido cuatro breves horas. Una buena -y reciente- amiga, J., pasó a recogerme en coche para llevarme al centro, pues tenía un reconocimiento médico a primerísima hora. Luego, por culpa de la intensa lluvia, acabamos de paseo por un centro comercial, y allí la pude conocer un poco más.
J. está casada desde hace unos meses. Mi habitual ingenuidad inicial me impide pensar en otra cosa, pero las malas lenguas tienen afiladas sus fauces, por lo que me pidió que no contara nada a los compañeros del trabajo. Pienso que esas cosas se notan, pero yo soy así, no puedo pensar mal de alguien como ella. Muchas veces me gustaría saber más de lo que sé por mi mismo, pues no me gusta depender de otros, pero aún me queda mucho por conocer sobre ello.
En algo no me equivoco, pues cuando he caido en gracia a alguien lo he notado sin problemas. Y éste es uno de esos casos. Y siempre pienso lo dificil que debe ser para la otra persona, que es la que tiene que tirar de alguien como yo, que me suelo dejar llevar.
Sé que es lo cómodo, pero es mi naturaleza. No me gusta entrar en un sitio si no se me invita a hacerlo. Ahora bien... si eso ocurre, entonces ya todo viene rodado. No cuesta mucho atraerme hacia donde quiera ir.
Siempre he sido defensor de la amistad entre chico y chica, y no voy a cambiar ahora mi parecer. Otra cosa es que ella sea muy compatible conmigo. Hace tiempo que nadie llena ese espacio de mi vida, aquel en el que se escriben frases de madrugada, en el que los sueños fluyen a la luz, se comparten cosas, sin importar nada más. Ahora sin verlo llegar, parecen haber llegado unos ojitos cómplices a mi vida.
Pues lo pienso disfrutar, sin más.

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