lunes, noviembre 08, 2004

Intensas horas

Hay algo a mi alrededor que se empeña en no dejarme caer en los abismos de la tristeza. Sí, esa misma que me invade sin yo darle permiso, la que convierte uno cualquiera de mis días en un hostil trayecto, en un duro, desangelado... trayecto.

Una vida laboral que espera a ser relatada; un mail de llamada a la tierra a contestar; una cena de ex-compañeros por organizar; un disco duro nuevo que debo instalar; un premio por recibir; noticias triunfadoras que llegan del sur; unas fotos y unos dibujos por enviar; un viaje que ya casi acerca el norte a mis ojos; unos cánticos de derrota que fluyen no muy lejos; un pequeño regalo para alguien muy especial...

Fue mi fin de semana.
Y es que aunque yo no quiera verlo, estoy sumido en cien cosas distintas, y no tengo derecho a quejarme de nada. Por eso tengo sobre mí doscientas manos que apenas me dejan encontrar el purgatorio de las bajas pasiones. Tan sólo un suspiro, un fugaz pesar revoloteó sobre mi cabeza, dejándo una lágrima resbalar, recabando dolor y desesperación... al tiempo que recordaba unas líneas dedicadas, un hombro sobre el que apoyarse, un pañuelo donde secar mis maltrechos ojos. Y arropado por las voces del pasado reciente, continué caminando, metiendo ese miedo de nuevo en el cajón.
Sólo falta que a la próxima vez no encuentre la llave que lo haga salir otra vez de ahí.