miércoles, enero 05, 2005

El maquinista

Desde anoche estoy una vez más sumido en la tristeza, no sé bien por qué. De vez en cuando me ocurre, debe ser algo así como un ciclo vital, similar al ciclo menstrual de las mujeres, pero que tan sólo altera las emociones.

Los sintomas de ese transtorno son impredecibles: desde evocar recuerdos ya superados hasta caminar sin rumbo fijo pero con una meta clara, derramando alguna que otra lágrima de por medio. Cómo explicar si no que haya acabado en su calle, bajo su ventana, por donde no iba desde hace año y medio, y a la que minutos antes de llegar me preguntaba Qué estás haciendo, a donde vas ...

Ni el intenso frio ha hecho que me lo replantease, la consigna enviada desde lo alto era clara: no parar hasta llegar. Y una vez allí, llegar y comprender que no tenía nada que hacer allí eran todo uno. Pero no lo he podido evitar. Y es que no aprendo, ahora estaré mal algunos días (y noches, sobretodo... frías y solitarias noches...) hasta que consiga de nuevo encerrar su recuerdo en el cajón.

Necesito cerca un corazón risueño, unos ojitos cómplices, una mano a la que agarrar para poder así enterrar su recuerdo de una vez por todas. Porque sigue ahí en mi cabeza, y duele demasiado cada vez que siento aquella ocasión perdida. Y pasa el tiempo y me siento vacío al saber que ese era el tren que debí tomar, el que pasa sólo una vez, ya no hay más trenes como ese. Hoy habría sabido subirme a él sin miedos, sin temores, pero ya es tarde...

Hoy bastaría con que pasase cualquiera, pero el maquinista ha dicho que ya no pasará ningún tren más por hoy. Entonces... ¿donde dormiré ésta noche?
Si alguien quiere hacer una apuesta, le recomiendo ésta: el cuerpo en un sitio y la mente volando libre hacia otro lugar... (dos pisos por encima del portal que aún lleva su nombre).

Y si lo que sentí por ella no fue amor... ¿entonces qué fue?